Einar el coyote sentado en el porche de la cabaña con el gato

Cuando un coyote se cansó de un corre-caminos

Einar el coyote que se cansó de perseguir a un corre-caminos

Einar no era un coyote cualquiera. Era el coyote que, durante décadas, había fingido perseguir a un corre-caminos que probablemente nunca existió. No por maldad, ni por aburrimiento, sino porque el acto de perseguir —aunque fuera un espejismo— le daba una razón para levantarse cada mañana en medio del desierto.

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En su juventud, solía despertarse antes del amanecer, cuando el aire todavía tenía esa frescura dudosa que el sol devora en cuestión de minutos. Tomaba café instantáneo, ajustaba sus gafas de soldador y salía al páramo con la fe ciega de quien cree que los milagros llegan en forma de plumas azules. Cada caída, cada explosión, cada catapulta que se desintegraba en el aire eran, en el fondo, formas distintas de rezar.

Corriendo detrás del corre-caminos

Ahora, jubilado y con una casa llena de planos arrugados, trampas oxidadas y una nevera que solo contenía agua mineral con gas, Einar se enfrentaba a la pregunta más aterradora de todas: ¿y si el corre-caminos era solo una excusa para no estar solo? Las paredes escuchaban sus pasos con el respeto incómodo que se le tiene a los viejos enemigos. En el alféizar, el polvo formaba siluetas que parecían recordarle los fragmentos de una persecución que tal vez solo había ocurrido en su mente.

Por primera vez en años, el desierto le pareció demasiado grande. El silencio, demasiado exacto. Y el eco de sus propios pensamientos, más rápido que cualquier corre-caminos que hubiera imaginado.

Los planos que no querían morir

Intentó tirarlos. Uno por uno. Los enrolló, los dobló en origami de despedida, incluso los metió en una licuadora junto con hielo y una rodaja de limón (por si acaso). Pero los planos regresaban. Aparecían bajo la almohada, enrollados en el pico del buzón, o flotando en la taza del váter como mensajes de una civilización subacuática. Cada hoja llevaba anotaciones al margen: “¡Casi lo logro!”, “Error: el dinamita era de menta”, “Hoy olía a vainilla. ¿Por qué?”. Einar suspiró. No eran planos. Eran diarios disfrazados de ingeniería fallida.

Einar, el coyote extiende planos sobre una mesa

Los extendió sobre la mesa. Había cientos. De papel amarillento, de servilletas, de envoltorios de hamburguesa. Algunos estaban quemados por la esquina, otros doblados tantas veces que parecían tener arrugas propias. Al tocarlos, el polvo se levantó como un coro antiguo, y durante un instante juró escuchar risas diminutas, carcajadas que venían de la tinta seca. Aquellos garabatos eran más tercos que el sol del mediodía.

En un arranque de orgullo, decidió leerlos todos, como si enfrentara su propia biografía. “Catapulta ultrasónica con paracaídas de emergencia”. “Zapatillas propulsoras modelo discreto”. “Red invisible de realidad alternativa”. Cada proyecto terminaba igual: una flecha hacia abajo, una explosión, una nota que decía “aprender de esto”. Pero Einar nunca había aprendido del fracaso; solo había aprendido a convivir con él.

Al tercer día de intentar clasificarlos, los planos comenzaron a reaccionar. Uno se deslizó hacia el borde de la mesa. Otro se desplegó solo, revelando un croquis que parecía un retrato de sí mismo, envejecido y triste, rodeado de trampas como si fueran flores funerarias. Otro, más reciente, mostraba una línea de puntos que salía de su casa y desaparecía en el horizonte. Abajo, en letras diminutas, ponía: “Sigue corriendo”.

Einar sintió un nudo en la garganta. Quemarlos ya no era una opción: eran su biografía no autorizada escrita por su propia frustración. Así que, en lugar de destruirlos, les construyó un cajón. De madera de cactus seco, con cerradura simbólica. A veces juraba oír ruido dentro del cajón, un leve roce de papel impaciente. Pero prefería no abrirlo. Tal vez, pensaba, los planos solo querían seguir soñando con él un poco más.

La paloma que traía preguntas

Una paloma con gafas de sol, gorra y un maletín de cuero entrega una carta a Einar

Una mañana, una paloma con gafas de sol y un maletín de cuero aterrizó en su porche. —Tengo cartas —dijo, sin saludar. Su acento era indescifrable, mitad oficina de correos, mitad confesionario. Einar, todavía en bata y zapatillas que chispeaban de estática, aceptó el fajo de sobres con una mezcla de recelo y curiosidad.

Las hojeó uno por uno. Había cartas de fanáticos del “clásico duelo”, que pedían autógrafos o pedazos de trampas desactivadas. Otras eran de coleccionistas de artefactos fallidos, que ofrecían cifras ridículamente altas por su catapulta modelo “Esperanza Tardía”. También había una de un niño que preguntaba, con ortografía tambaleante, si el corre-caminos usaba calcetines. Einar suspiró y las tiró todas a la chimenea (apagada), donde se apilaron como mariposas tristes que nunca aprendieron a volar.

—Trabajo aburrido, ¿eh? —comentó la paloma, limpiándose las plumas del polvo del viaje—. No suelen escribirle cosas bonitas a los mitos cansados. Solían ser leyendas, pero ahora son reclamos de nostalgia.

Einar levantó una ceja. —¿Quién te envió? —preguntó.
—Nadie, o todos —respondió la paloma—. El viento me paga con migas y rumores.

Cuando la paloma alzó el vuelo, una carta quedó atrás, atrapada entre las ranuras del porche. No tenía remitente. El papel era grueso, casi vivo al tacto, y olía a lluvia sobre piedra caliente. Einar la acercó al fuego, pero por más que soplara, el papel no ardía. Solo se oscurecía un poco, como si respirara. Finalmente, la desplegó. La caligrafía era desconocida, aunque algo en ella le resultó familiar: “¿Y si el corre-caminos también fingía?”.

Se quedó quieto largo rato. La frase no dolía, pero pesaba. Era una pregunta con eco, de esas que se quedan girando dentro del pecho hasta desgastarlo. La guardó con delicadeza en el cajón de los calcetines sueltos, allí donde van las mitades perdidas de toda historia. Desde ese día, cada vez que abría el cajón, juraba oír un leve “beep” que no era burla… sino curiosidad.

La seta que sabía demasiado

Fue al desierto. No a perseguir, sino a perderse. Caminó durante horas, sin brújula ni intención, solo con una botella de agua tibia y la sensación de que algo —o alguien— lo observaba desde debajo del polvo. El sol era una moneda sin valor arrojada por un dios aburrido. Cuando por fin se sentó a descansar, notó que las rocas cercanas parecían discutir en voz baja sobre el clima, como viejos vecinos resentidos.

Entre ambas, al borde de una sombra redonda y precisa, crecía una seta. Una sola. Brillaba con un tono violeta que no pertenecía a ningún atardecer terrestre. Einar pensó que el calor le jugaba una mala pasada… hasta que la seta carraspeó.

—El tiempo no avanza —dijo, con voz de locutor de radio antiguo—. Se acumula. Como el polvo en los rincones del alma. Tu corre-caminos no se fue. Está en cada “casi”, en cada “otra vez será”.

—¿Entonces… sigue ahí? —preguntó Einar, acercándose con respeto alucinatorio.
—Más o menos —respondió la seta—. Como tu dignidad.

Einar sentado frente a una seta luminosa con un tono violeta en el desierto

El coyote se quedó en silencio, observando cómo la seta giraba ligeramente, como si buscara una frecuencia mejor para transmitir su sabiduría.
—He pasado mi vida corriendo detrás de un fantasma —murmuró él—. ¿Y ahora me dices que sigo atrapado en el mismo círculo?
—No exactamente —contestó la seta—. El círculo eres tú. El desierto solo te refleja.

Einar rió, una risa triste, hueca, de quien descubre que incluso el absurdo tiene estructura. La seta, complacida, encendió una diminuta radio que llevaba adherida al sombrero. Una canción antigua sonó de fondo, distorsionada por la estática del viento.
—Cada error te hizo más real —continuó la seta—, pero también más liviano. Tarde o temprano, los que persiguen demasiado acaban volviéndose viento.

El coyote se levantó despacio. —¿Y tú qué sabes de perseguir? —preguntó, sin malicia.
—Nada —dijo la seta, sonriendo con voz—. Los hongos no corremos. Esperamos. Somos los archivos del suelo.

Einar esperó una frase más, una revelación final, pero el viento cambió de dirección y cuando parpadeó, la seta ya no estaba. Solo quedaba una voz, muy lejana, que decía: “Recuerda que a veces las huellas no se borran… se transforman en raíces”. Y entonces, por primera vez en mucho tiempo, Einar no supo si quería volver a casa o seguir caminando hasta confundirse con el horizonte.

El gato que creía ser un corre-caminos

Al regresar, un gato negro con ojos verdes lo esperaba en la puerta. No maullaba ni se movía; simplemente lo observaba, con esa mezcla de arrogancia y curiosidad que solo los felinos y los espejos conocen. —Beep beep —dijo el gato, sin mover los labios. Einar frunció el ceño. Estaba demasiado cansado para interpretar milagros, así que abrió la puerta y dejó que el silencio decidiera.

El gato sentado en un sillón con la nevera abierta y un cajón con planos en el suelo

El gato entró como si la casa ya fuera suya. En cuestión de minutos había elegido su sillón preferido, inspeccionado la nevera vacía y golpeado con la pata el cajón donde dormían los planos. Einar lo observaba, entre perplejo y resignado. —De todos los imitadores posibles —pensó—, me tocó uno con pelo.

Lo adoptó sin ceremonia. No había collar ni plato nuevo, solo un entendimiento tácito: él pondría el agua con gas, el gato pondría las pausas. No corría nunca, pero emitía juicios morales con la cola. —Ese sofá es una traición al buen gusto —comentó una tarde, agitándola brevemente. Einar asintió, reconociendo la precisión estética del reproche.

Con el tiempo, establecieron una rutina particular. El gato dormía sobre los planos, como si los vigilara. A veces despertaba sobresaltado, corriendo en círculos, dejando un eco leve de “beep beep” en el aire. Otras noches se quedaba mirando por la ventana, como si esperara algo más allá del horizonte.
—¿A quién vigilas? —preguntó Einar una vez.
—A los que no saben si son cazadores o presas —respondió el gato sin girar la cabeza.

Aquel comentario lo desarmó. Desde entonces, las mañanas fueron más lentas. El gato lo acompañaba al porche, se acurrucaba junto a sus patas y observaban juntos cómo el sol ascendía sin ceremonias. Había paz, sí, pero era una paz sospechosa, esa clase de tranquilidad que solo visita a los que se acostumbran a las preguntas sin respuesta.

Algunas noches, mientras el gato dormía en el sofá, Einar juraba escuchar, allá afuera, un pequeño eco en la arena: un sonido veloz, casi amistoso. No sabía si era el viento, un recuerdo o una broma del destino. Pero cada vez que el gato movía la cola en sueños y murmuraba un tenue “beep”… el coyote sonreía, culpablemente agradecido.

La tormenta que borró quién era quién

Una tormenta de arena arrasó el pueblo durante tres días y tres noches. El viento rugía como un coro de fantasmas en huelga. Las casas perdieron sus bordes, los relojes dejaron de marcar las horas y hasta el eco se escondió detrás de las dunas. Einar intentó cerrar ventanas, pero el polvo encontraba caminos imposibles. Cada rincón de su casa se llenó de un mismo color, entre oro y desmemoria.

Einar se miro al espejo reflejando un Einar más joven. y comento en voz alta, soy el corre-caminos

Cuando la tormenta cesó, el silencio era tan denso que dolía. Einar despertó sobre el suelo cubierto de arena. Tenía las patas más delgadas, el pico más agudo y una urgencia inexplicable por correr en círculos. Se miró en el espejo y el reflejo parecía temblar, como si dudara entre devolverle la mirada o burlarse de él.
—Soy el corre-caminos —dijo, emocionado, con una mezcla de terror y esperanza.

El gato lo miró desde el alféizar, con esa calma exasperante que tienen los que siempre conservan la identidad. —No. Eres un coyote con amnesia y una mala decisión de vida. Vuelve a la cama —dijo sin levantar la voz.

Einar se levantó con un impulso casi eléctrico. Daba vueltas por la casa, moviendo las patas como si llevaran motores invisibles. Cada movimiento levantaba un pequeño torbellino de arena brillante. —Pero… ¿y si siempre fui él? —insistió, girando hacia el gato—. ¿Y si la persecución nunca fue más que un intento de recordar quién soy?

—Entonces deberías correr —respondió el gato, arqueando apenas una ceja—. Pero no lo haces. Así que no lo eres.

El silencio posterior fue un desierto dentro del desierto. Einar bajó la cabeza, observando cómo la arena se deslizaba entre sus patas como si lo borrara lentamente. Por un instante pensó que desaparecería, que se fundiría con el paisaje, ligero como un recuerdo ajeno.
Entonces escuchó algo —un sonido leve, rítmico, como el latido del viento—. “Beep… beep…”

Miró hacia el horizonte y creyó ver una sombra correr a lo lejos, difusa pero luminosa. Tal vez una ilusión más. Tal vez no. Lo único cierto fue que el gato, sin apartar la vista de la ventana, sonrió apenas. —¿Lo oyes? —preguntó Einar.
—Claro —dijo el gato—. Pero no todos los ecos son tuyos.

Y cuando cayó la noche, la arena en el dintel de la casa se movió sola, dibujando sobre el suelo dos iniciales desordenadas que se confundían entre sí: una C… y una R. Nadie supo cuál pertenecía a quién.

El funeral sin lágrimas

Organizó un funeral. No sabía exactamente para quién. Tal vez para el corre-caminos, tal vez para su antigua vocación, o quizá para la versión de sí mismo que seguía dibujando planos imposibles. Lo planificó con la precisión de otros tiempos: una mesa al aire libre, flores secas de desierto y una silla vacía al centro, “por si el invitado de honor decidía aparecer”.

El primero en llegar fue el buitre filósofo. Venía con una libreta bajo el ala y unas gafas de lectura que se empañaban con el calor. —He preparado una disertación sobre la fugacidad del “beep” —anunció—. Es un sonido que se escapa antes de que uno decida escucharlo. Como la esperanza.
Einar asintió, sin saber si debía aplaudir o disculparse por existir.

Luego apareció el cactus con ansiedad. Su tronco temblaba ligeramente, y cada espina parecía vibrar al compás de un ataque de nervios. —Traje pastel de zanahoria —dijo, dejando el plato sobre la mesa—. Y mi inhalador. Por si la emoción me sobrepasa. Einar le ofreció una silla acolchada, aunque el cactus prefirió quedarse de pie, para no pinchar recuerdos innecesarios.

Un buitre, un cactus, la paloma. el gato i Einar sentados en una mesa

Por último llegó la paloma mensajera, sin gafas esta vez, con el gesto cansado de quien carga culpa postal. —Vengo sin cartas —dijo, mirando el horizonte—. Hoy se supone que nadie tiene nada más que decir.
—Eso nunca ha detenido a nadie —contestó el gato, apareciendo sin haber sido invitado, lamiéndose una pata con solemnidad.

Nadie lloró. Nadie habló del corre-caminos. Hablaron del clima, de la inflación de las trampas, de si el desierto era un estado mental o un barrio mal planificado. El buitre tomó notas frenéticamente, convencido de que todo eso sería útil en su próximo ensayo sobre “la vida como metáfora que se quedó sin tinta”.

El sol bajaba con lentitud teatral. Cuando Einar se levantó para pronunciar unas palabras, descubrió que había olvidado el discurso. Improvisó: —Gracias por venir… y por no preguntar a quién enterramos. A veces lo importante no es saber quién murió, sino aceptar que uno sigue aquí, sin saber muy bien por qué.

Hubo un aplauso breve, una brisa de respeto. El cactus se despidió con un abrazo cuidadoso, el buitre dejó su libreta sobre la mesa como ofrenda y la paloma depositó una pluma en el suelo antes de marcharse. Al final, todos se fueron con un trozo de pastel y la sensación de que algo había terminado… aunque no supieran qué.
Einar apagó las velas del improvisado altar. En la silla vacía, el viento murmuró apenas un “beep” tan suave que sonó más a despedida que a burla.

El contestador que dijo “beep”

Una mañana, el gato desapareció. No hubo nota, ni señal, ni una huella en la arena que diera pistas. Einar lo buscó en cada rincón, en los cajones con planos, dentro de las trampas inactivas, bajo la cama, incluso entre las setas que habían empezado a crecer en los bordes del porche. Nada. El eco del silencio era tan insistente que empezó a parecer un lenguaje desconocido.

Pasaron días, quizás semanas. El reloj dejó de marcar algo reconocible, y el polvo se acumulaba sobre los planos, los libros, los recuerdos. Una noche, Einar, rendido ante la costumbre de la soledad, puso un disco antiguo solo para sentir ruido. Pero antes de que sonara la primera nota, el contestador automático emitió un sonido breve y preciso: “¡Beep beep!”.

Una mesa con el contestador parpadeando

Einar se quedó helado. Se acercó despacio, con la reverencia que se le tiene a un milagro o a un delirio. La luz roja titilaba como un corazón diminuto en el pecho del aparato. Presionó el botón. Silencio. Luego el sonido otra vez: “¡Beep beep!”. Esa mezcla de ternura y desafío, idéntica a como la había recordado toda su vida.

No había mensaje. Solo el sonido. Lo reprodujo diez veces. Luego veinte. Luego cien. Hasta que el “beep” ya no le sonó burlón ni alegre, sino cálido, como una palabra olvidada intentando encontrar su dueño. En algún punto de la madrugada, Einar comenzó a responderle: “aquí estoy”. Cada vez más suave, cada vez más seguro, como si el eco lo escuchara realmente.

Al amanecer, el desierto olía a estática y a promesa. Einar se durmió en el sofá, con el contestador en el regazo, mientras el aparato repetía en bucle su sencillo mantra eléctrico. Los vecinos dirían después que esa noche se escuchó el mismo sonido desde lejos, multiplicado por el viento.
Los ecos, aunque no respondan, siempre están ahí. Pero a veces, cuando uno aprende a escucharlos… parecen responder de vuelta.

El jardín de trampas inofensivas

Einar dejó de buscar. Una mañana simplemente comprendió que el silencio ya no dolía. Lo que antes era peso se había vuelto raíz. En lugar de mirar el horizonte esperando sombras imposibles, decidió mirar el suelo, las piedras, las pequeñas grietas donde aún cabía algo nuevo. Y empezó a construir.

Una escalera al cielo un paracaídas con una nota, una taza y y la catapulta sobre una mesa

Sus trampas ya no eran emboscadas, sino abrazos mal entendidos. Creó una escalera que conducía a una nube con forma de almohada, una catapulta que lanzaba poemas mal escritos —algunos rimaban por accidente— y un túnel que terminaba en una taza de té humeante. También diseñó un paracaídas hecho con servilletas bordadas donde podía leerse: “si caes, al menos cae bonito”.

Los niños del pueblo comenzaron a visitarlo, atraídos por los rumores. Corrían entre los artefactos con la fascinación de quien entra en un museo de sueños defectuosos. —¿Qué es esto? —preguntaban.
—Nostalgia funcional —respondía Einar, con una sonrisa casi tímida, mientras regaba las trampas con agua de lluvia y un poco de melancolía.

El desierto cambió con el tiempo. Donde antes había explosiones, ahora había risas. Las dunas, cansadas de tanto silencio, parecían mecerse al ritmo del juego. Incluso el viento, caprichoso, traía de vez en cuando un eco lejano: “beep… beep…”, apenas audible entre las flores de alambre y los mecanismos oxidados que seguían floreciendo.

Einar no volvió a mencionar al corre-caminos. No porque lo hubiera olvidado, sino porque ya no necesitaba recordarlo para sentirse vivo. Había aprendido que las trampas no siempre sirven para atrapar; a veces, si uno las construye con cuidado, pueden sostener aquello que se escapa. Y cada noche, antes de dormir, dejaba la puerta entreabierta, por si algún día alguien —pájaro, gato o eco— decidía volver a visitarlo.

El papel arrugado

Años después, el desierto había cambiado de voz. Donde antes el viento gemía con dientes de arena, ahora silbaba melodías suaves, casi humanas. Las trampas de Einar habían sido tragadas por las dunas, recicladas por el tiempo en leyendas que nadie terminaba de creer. Solo los niños del pueblo seguían buscando bajo el polvo, convencidos de que cada grano escondía una historia.

Un día, uno de ellos —un niño flaco, de mirada atenta y rodillas llenas de cicatrices— encontró una estructura medio enterrada. La desenterró con cuidado, quitando capa tras capa de arena hasta revelar una pequeña caja metálica con inscripciones torcidas. Dentro, había un trozo de papel arrugado, casi ilegible. Al estirarlo, alcanzó a leer las palabras: “Perseguir no es correr. Es recordar que alguien estuvo ahí”.

El niño no entendió del todo lo que significaba, pero intuyó que era importante. Lo dobló con cuidado y se lo guardó en el bolsillo, como un talismán secreto. Esa noche, soñó con un coyote que sonreía desde la luna, rodeado de un jardín hecho de trampas tiernas y nubes que parecían almohadas. El coyote no decía nada; simplemente lo miraba con una tranquilidad infinita.

Al despertar, el niño miró el horizonte. Juró escuchar, por un instante, un eco lejano. “Beep… beep…”. No sonó burlón ni triste, sino lleno de curiosidad.
Y entonces comprendió, sin palabras, que perseguir a veces no es escapar de algo, sino acercarse a uno mismo.
Por primera vez, no tuvo miedo de estar solo.

Difunde la historia, no el silencio

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