Sobrevivir a Halloween
Se acerca Halloween y en la esquina más alejada del barrio —esa que ni el cartero visita sin previo aviso, y que el GPS marca como “zona de baja esperanza”— vive un puñado de almas descarriadas que el resto del vecindario conoce, con una mezcla de temor y ternura, como “Los del Fondo”. No son peligrosos. Tampoco inofensivos. Son, simplemente, gente que ha aprendido a convivir con lo absurdo como si fuera el clima: a veces llueve, a veces nieva, a veces tu gato te recita Catulo mientras te sirve el desayuno en una taza con la leyenda “Soy más funcional que tu terapeuta”.
Nadie recuerda cuándo empezó el apodo. Algunos dicen que fue cuando la señora Clotilde instaló una puerta giratoria en su portal “para evitar conversaciones no deseadas”. Otros juran que fue el día en que el señor Peralta colgó un cartel en el buzón que decía: “Solo se aceptan cartas escritas en verso o con dibujos de setas”. Lo cierto es que, con el tiempo, “Los del Fondo” dejaron de ser una dirección y se convirtieron en un estado del alma: el lugar al que van los que ya no creen en fiestas, pero sí en protocolos de emergencia emocional.

Para ellos, Halloween no es una fiesta. Es una emergencia anual con código de colores (naranja para “niños reales”, morado para “adultos disfrazados de nostalgia”, y negro para “el Payaso de las Tuberías”). Tienen protocolos de evacuación, señales de humo con olor a canela y un manual de 42 páginas titulado —con una caligrafía que oscila entre lo apocalíptico y lo doméstico— “¿Y si los niños vienen en serio esta vez?”. Nadie sabe quién lo escribió.
Algunos sospechan que fue el gato. Otros, que fue el edificio mismo, cansado de ver cómo la gente confunde el miedo con la diversión. Todos lo siguen. Porque, al final del día, sobrevivir no es cuestión de miedo… sino de tener un plan ridículo que funcione justo lo suficiente para que el caos no note que estás temblando.
El gato que hablaba en latín
—¡Atención, atención! —gritó la señora Clotilde desde su balcón, agitando una escoba como si fuera un cetro bendito—. ¡Mi gato acaba de decir “Finis mundi hora octava et tria minuta”! ¡El mundo se acaba a las ocho y tres! ¡Justo en Halloween!
En el patio de atrás, el señor Peralta dejó caer su taza de té (marca “Supervivencia Diaria, sabor a resignación”) y ¡Eh! dejó de contar las grietas del suelo, que hasta ese momento sumaban 317. Nadie se sorprendió. El gato —oficialmente llamado M. Félix, aunque en documentos internos del edificio figuraba como “Consejero de Asuntos Cósmicos”— llevaba semanas traduciendo las noticias del tiempo al griego antiguo, y la semana pasada había reescrito el menú del supermercado en verso dactílico. Lo raro no era que hablara. Lo raro era que hubiera elegido un horario tan específico. Tan… puntual. Como si el apocalipsis tuviera horario de oficina… y coincidiera, por supuesto, con Halloween.
—¿Estás segura de que no ha dicho “hora de la cena”? —preguntó el señor Peralta, ajustándose las gafas de lectura sobre la nariz torcida, herida en un duelo olvidado contra una puerta corredera en 1998.
Clotilde bajó las escaleras con la dignidad de quien ha visto arder tres matrimonios y un microondas, pero nunca ha perdido la compostura ante un verbo en subjuntivo.

Desde su cojín imperial, M. Félix bostezó, mostrando una lengua rosada y una actitud de aburrimiento milenario. Luego alzo una pata delantera con la precisión de un relojero suizo… o de un dios que ya ha programado el colapso del tiempo en su agenda de Google.
—¡Es un gato de palabra, no de apetito! —replicó, ofendida—. Además, ha usado el genitivo. Eso no se improvisa. ¿Crees que cualquier felino sale por ahí diciendo “finis mundi” como si fuera “descuento en papel higiénico”? ¡No! Ha dicho “finis mundi”, con toda la carga metafísica del posesivo! ¡Está anunciando el fin del mundo como si fuera suyo! Y justo en Halloween, cuando el velo es más delgado… ¡claro que es suyo!
—Ah —dijo Peralta, asintiendo lentamente—. Entonces sí es grave. Si el mundo es suyo, técnicamente podría facturarnos el fin.
El Protocolo de Supervivencia No Convencional
El señor Peralta, ex técnico de ascensores jubilado y autor no reconocido de tres manuales sobre el mantenimiento de puertas correderas —todos ellos rechazados por editoriales con frases como “demasiado específico para ser útil, demasiado poético para ser técnico”—, sacó de debajo del fregadero un archivador atado con un cordel de tender y etiquetado con letra temblorosa: “Halloween: Plan B (porque el Plan A era llorar en silencio, y el Plan C, fingir que no estás en casa, ya no funciona desde que los niños empezaron a usar drones)”.
El archivador olía a humedad, canela y desesperanza bien organizada. Dentro, entre folios plastificados y diagramas de flujo titulados “¿Qué hacer si un vampiro te pide Wi-Fi?”, había un traje de tostadora hecho con cartón, papel aluminio y una fe inquebrantable en la utilidad de los electrodomésticos como escudo social. Todo esto, por supuesto, era parte del protocolo anual de Halloween.

—Paso uno: disfrazarse de algo que no invite a la interacción social —anunció Peralta, colocándose el traje con la solemnidad de un sacerdote poniéndose la casulla—. Yo voy de tostadora. Tú, Clotilde, de percha de baño. Y tú, ¡Eh!, de enchufe. Porque en Halloween, lo último que necesitamos es que alguien nos pida prestado un poco de humanidad.
—¡Eh! —respondió el niño sin nombre, asintiendo con entusiasmo mientras se probaba un casco hecho de una regleta eléctrica. Ya había decidido que su personaje tendría tres tomas: una para la tristeza, otra para la esperanza y la tercera, siempre vacía, “por si alguien necesita enchufar su soledad”. —Y si alguien pregunta qué es esto —dijo señalando su casco—, les digo que es mi disfraz de Halloween… aunque en realidad sea mi estado natural.
—Paso dos: activar la alarma de calabaza. —Peralta señaló un cuenco naranja con un ojo parpadeante, montado sobre un viejo reloj de cucú al que le habían quitado el pájaro “por traumático”—. Si parpadea tres veces, significa que hay más de cinco niños en un radio de cien metros. Si parpadea siete, es que ya están dentro… y probablemente hayan empezado a juzgar nuestra decoración. Pero si parpadea en Halloween, siempre parpadea con intención.
—¿Y si parpadea una vez? —preguntó Clotilde, cruzándose de brazos con la percha de baño ya colgada del cuello como un collar de penitencia moderna.
Peralta bajó la voz, como si temiera que las paredes tuvieran orejas… o gatos.
—Eso significa que el gato ha tomado el control. En ese caso, rendirse con dignidad. Ofrecerle una manta, una lata de atún de lujo y no discutir sus decisiones políticas. Porque, una vez que M. Félix asume el mando, lo único que puedes hacer es esperar a que decrete la amnistía… o la siesta universal.
Desde su cojín, el gato levantó una pata y la dejó caer con precisión quirúrgica sobre una hoja del Protocolo. Era la página titulada “Anexo D: Cómo disculparse con el universo después de un mal disfraz” —una sección que, dicho sea de paso, solo se consulta en Halloween.
Armas psicológicas y caramelos caducados
—¡Eh! —dijo el niño, mostrando un frasco de cristal lleno de caramelos de 2012, algunos ya fusionados en una masa marrón que parecía un mapa del desencanto—. Podemos usarlos como proyectiles. Si los niños los prueban, se darán cuenta de que la vida también caduca… y que, aun así, a veces sigue siendo dulce, aunque te duela el estómago después. Especialmente en Halloween, cuando la dulzura viene disfrazada de esperanza.

El frasco había pertenecido a su abuela, quien lo usaba para guardar “esperanzas de corta duración”. Nadie sabía si era una broma o una confesión. ¡Eh! lo había heredado junto con un silencio incómodo y una colección de calcetines sin pareja.
—Eso es demasiado profundo para un martes —murmuró Peralta, ajustándose la tostadora de cartón—. Pero lo apunto en el apartado “Tácticas Filosóficas (uso restringido, solo en caso de melancolía colectiva)”.
Clotilde, mientras tanto, removía en una cazuela una mezcla espesa de puré de calabaza y vinagre de manzana, con una concentración digna de una alquimista renacentista.
—Lo llamo “Lágrimas de la Verdad” —dijo, sin mirar—. Si alguien se acerca demasiado, les rocío los ojos. No los ciega… solo les hace ver, por un instante, lo ridículo que es pedir dulzura a desconocidos en plena oscuridad.
—¿Y si solo quieren caramelos? —preguntó una voz tímida desde el portal, como si temiera que la pregunta en sí misma fuera una provocación.
Todos se giraron. Era el cartero, con una carta certificada en la mano y una calabaza de plástico colgada del cuello con un cordel. Parecía un ángel caído que hubiera perdido las alas pero conservado el uniforme.
—No seas ingenuo —dijo Peralta, con una ternura disfrazada de severidad—. Nadie quiere caramelos. Quieren validación. Quieren que alguien les diga: “Sí, eres suficiente, aunque vayas disfrazado de zombi contable”. Y eso… —hizo una pausa, mirando el frasco de ¡Eh!— …eso no lo tenemos. Solo tenemos caramelos vencidos y la esperanza de que el miedo ajeno nos distraiga del nuestro. Y eso, cartero, es lo más cercano a un regalo de Halloween que podemos ofrecer.
El cartero asintió lentamente, como si hubiera entendido más de lo que debería. Luego dejó la carta en el felpudo, se ajustó la calabaza y se alejó murmurando: “Entonces… ¿ninguno para mí?”.
Nadie respondió. Pero Clotilde, en un gesto casi imperceptible, dejó caer un caramelo de 2012 en el buzón.
El mensaje de la ventana del quinto
De pronto, un post-it amarillo —ligeramente arrugado, con olor a lavanda y ansiedad— voló desde la ventana del quinto piso y aterrizó en la cabeza de Clotilde como una hoja caída de un árbol que solo crece en emergencias.

La vecina del quinto nunca bajaba. Nadie recordaba su nombre, solo que pagaba el alquiler en sobres de papel kraft con sellos de países que ya no existían. Se comunicaba exclusivamente mediante post-its: unos los lanzaba con una caña de pescar modificada; otros, los dejaba pegados en el ascensor (aunque el ascensor llevaba años averiado, y todos sabían que ella lo usaba solo como buzón metafísico). Sus advertencias, como todo lo relacionado con Halloween, llegaban siempre a tiempo… aunque nadie supiera qué hora era.
Este decía, en letras mayúsculas trazadas con rotulador morado: “NO DEJÉIS ENTRAR AL PAYASO DE LAS TUBERÍAS”.
—¡Ah, no! —exclamó Peralta, palideciendo bajo su tostadora de cartón—. Ese payaso lleva tres Halloweens intentando vender suscripciones a un club de lectura de terror gótico. El año pasado regaló un ejemplar de Frankenstein con dedicatoria: “Para cuando ya no creas en monstruos… pero sí en facturas impagadas”. Y este año, con Halloween a las puertas, seguro que viene con algo peor que poesía: viene con empatía disfrazada de galletas.
—¿Y si esta vez trae galletas? —dijo ¡Eh!, con los ojos brillantes como si acabara de descubrir una nueva forma de esperanza.
Clotilde se estremeció. No de miedo, sino de reconocimiento.
—Peor —susurró, mientras removía su caldero de “Lágrimas de la Verdad”—. Si trae galletas, es que ya ha ganado. Porque las galletas no son un soborno… son una invitación a recordar que fuiste niño una vez. Y los niños no defienden protocolos. Los niños abren la puerta. Y en Halloween, abrir la puerta es el primer paso hacia el colapso emocional.
El gato, desde su cojín imperial (forrado con una manta de emergencia y un mapa del metro de París de 1972), maulló en latín con una voz que parecía salida de una biblioteca en llamas: “Cave cibum, amici. Dolus in dulci latet”.
—Traducción libre: “Cuidado con los dulces, amigos. La traición se esconde en lo dulce” —dijo Peralta, hojeando su libreta hasta la página 33, titulada “Advertencias felinas: no son metáforas, son órdenes”.
En ese momento, otro post-it descendió, esta vez rosa. Decía: “YA VIENE. LLEVA UNA BANDEJA”.
Todos contuvieron la respiración. Incluso la alarma de calabaza dejó de parpadear, como si también supiera que, frente a las galletas caseras, ningún protocolo sirve… ni siquiera en Halloween.
Ensayo general del caos
Decidieron ensayar. No porque creyeran que el caos podía preverse, sino porque el ritual del ensayo era, en sí mismo, un acto de esperanza disfrazado de paranoia. Y en vísperas de Halloween, la paranoia bien organizada es lo más parecido a la fe.

Clotilde se puso la percha—ahora decorada con cintas negras y una etiqueta que decía “Propiedad del Vacío”— y empezó a bailar el tango con una escoba de fibras naturales llamada “Señorita Desconsuelo”. Cada giro era una evasión, cada pausa, una rendición fingida. Bailaba como si el suelo fuera el pasado y la escoba, la única pareja que nunca la había abandonado… al menos no en Halloween.
¡Eh!, por su parte, lanzó un caramelo caducado contra la pared con la precisión de un arquero existencial. El caramelo rebotó con un sonido ominoso, como si el tiempo mismo se quejara al ser golpeado. Luego recogió el proyectil, lo olió y lo guardó de nuevo en su frasco: “Por si necesitamos recordar que incluso lo vencido puede servir”. —Este es para el gran momento de Halloween —dijo, como si el frasco fuera una caja de reliquias sagradas.
Peralta, con solemnidad de maestro de ceremonias en un funeral cósmico, activó la alarma de calabaza. El cuenco naranja parpadeó dos veces… y luego, con una voz sintetizada que sonaba sospechosamente como la de Michael Jackson después de una siesta etílica, se puso a tararear “Thriller”.
—¡Demasiado realista! —gritó Clotilde, tirándose al suelo con los brazos abiertos como si abrazara su propia derrota—. ¡Estoy traumatizada!
—Bien —dijo Peralta, ajustándose la tostadora que ya empezaba a deshacerse por las esquinas—. Si ya estás traumatizada antes de que empiece, sobrevivirás con holgura. El trauma anticipado es la única forma de jubilación emocional que nos queda. Y en Halloween, jubilarse del miedo es el mayor lujo.
El gato, mientras tanto, había organizado una reunión de emergencia con las palomas del tejado en la cornisa oeste. Tema del día: “La posibilidad de un golpe de Estado aviar y su impacto en la distribución de migas post-apocalípticas”. Una paloma con una pata de plástico tomaba notas en una hoja de periódico mojada. Otra, más joven, propuso aliarse con los cuervos. M. Félix maulló una sola vez: “Non est tempus pro revolutionibus. Est tempus pro siestis”. (“No es tiempo de revoluciones. Es tiempo de siestas”).
En el patio, el cartero pasó de nuevo, esta vez sin calabaza. Miró el ensayo desde la acera, sonrió con tristeza y dejó caer un sobre vacío en el buzón. Dentro, alguien había escrito: “Feliz Halloween. O lo que quede de él”.
El hombre del futuro
Apareció al atardecer, cuando la luz ya no sabía si era día o preludio de pesadilla. Llevaba traje de oficina arrugado, corbata floja como si acabara de deshacerse de una reunión eterna, y en la mano sostenía una calabaza tallada con letras sans serif que decían: “Recursos Humanos – ¿En qué podemos decepcionarte hoy?”.

—Vengo del año 2047 —dijo, con una voz que sonaba a café recalentado y contratos de por vida—. Halloween ya no existe. Lo prohibieron después del Incidente del Payaso de las Tuberías. Resulta que su club de lectura terminó organizando un motín emocional. La gente empezó a leer en voz alta en los supermercados. Alguien recitó Drácula en una asamblea de vecinos. Fue el caos… el caos bueno. Y eso, ya saben, no se tolera en una sociedad eficiente. —Hizo una pausa—. Pero antes de que lo prohibieran, Halloween era lo único que nos recordaba que estábamos vivos… aunque fingiéramos ser muertos.
Peralta entrecerró los ojos. No por desconfianza, sino por costumbre. Había aprendido hace décadas que todo el que llega con una historia demasiado clara suele estar huyendo de algo más oscuro que la noche.
—¿Y por qué has venido? —preguntó, mientras ajustaba una cinta de papel aluminio que se le despegaba del hombro.
—Porque ustedes fueron los únicos que lo detuvieron —respondió el visitante, mirando a cada uno como si ya conociera sus cicatrices—. No con armas. No con muros. Con puré de calabaza, un discurso sobre la efímera naturaleza del miedo… y un caramelo de 2012 que alguien dejó en un buzón. Ese gesto, pequeño e inútil, fue lo que rompió el hechizo. El Payaso se sentó, lloró, y luego se fue a abrir una librería en una ciudad que ya no existe. Y todo eso ocurrió en Halloween, por supuesto. Porque solo en Halloween el mundo permite que lo absurdo salve lo humano.
Clotilde se quedó muy quieta. Luego asintió, como si hubiera reconocido una verdad que llevaba años escondida en el fondo de su caldero.
—Ah —dijo—. Entonces ya sabemos qué hacer.
Le ofrecieron té. Él aceptó. Nadie le creyó —ni siquiera el gato, que lo miró con la misma desconfianza con la que miraba las latas de atún light—. Pero todos sintieron, por primera vez en semanas, que el miedo no era algo que había que vencer… sino algo que podían compartir, como una manta raída o una taza de porcelana agrietada.
—¿Cómo te llamas? —preguntó ¡Eh!, mientras le pasaba un caramelo del frasco.
El hombre del futuro lo miró, dudó, y luego sonrió con tristeza.
—Me llaman “El que vino a recordarles que ya lo habían hecho antes”.
—¡Eh! —dijo el niño, y le estrechó la mano con la fuerza de quien acaba de entender que el pasado y el futuro son, en el fondo, el mismo refugio.
La llamada a la puerta
A las 8:02 p.m., en pleno corazón de Halloween, el silencio se hizo tan denso que se podía cortar con un cuchillo de plástico de fiesta —ese tipo de cuchillo que promete fiambre pero solo sirve para fingir que estás comiendo—. La alarma de calabaza parpadeó siete veces, luego emitió un suspiro electrónico y se apagó, como si ya supiera que ningún protocolo serviría frente a lo que venía… al menos no en Halloween.
El gato se puso de pie, con la cola tiesa como un mástil de barco que ya no navega, sino que espera el naufragio con dignidad. Las palomas del tejado guardaron silencio. Hasta el viento pareció contener la respiración.
—¡Chisss! —susurró ¡Eh!, con los ojos clavados en la puerta como si pudiera ver a través de la madera.
Alguien llamó. Tres golpes suaves, educados, casi disculpándose por existir.

No era un niño. Era un hombre de unos cuarenta años, disfrazado de esqueleto con una sábana negra y témperas blancas que ya se le descascarillaban en los codos. Llevaba una bolsa de plástico del supermercado en la mano, con un agujero en la base por donde se le escapaba la esperanza, gota a gota. Era la clase de visitante que solo aparece en Halloween: demasiado viejo para dulces, demasiado joven para rendirse.
—Trick or treat… —dijo, con una voz que sonaba a divorcio reciente, facturas impagadas y una planta de interior que murió la semana pasada por falta de nombre.
Clotilde palideció. Peralta se aferró a su tostadora como si fuera un salvavidas. ¡Eh! retrocedió un paso, no por miedo, sino por reconocimiento.
—¡Oh, no! —gimió Peralta, con la voz quebrada por la empatía disfrazada de alarma—. Es peor que un niño. Es un adulto que cree que todavía puede pedir cosas gratis… o, peor aún, que merece un poco de magia sin tener que pagar por ella con una sonrisa forzada o una historia edificante. Y eso… eso solo pasa en Halloween.
El hombre del umbral no se movió. Solo parpadeó, lento, como si estuviera esperando permiso para seguir siendo humano por unos segundos más.
Desde su cojín, el gato maulló una sola palabra en latín: “Miserere”.
Nadie tradujo. Pero todos entendieron.
El colapso del Protocolo
El Protocolo se desmoronó en 37 segundos. No con estruendo, sino con un suspiro colectivo, como si el universo hubiera decidido que ya era hora de dejar de fingir… al menos en esta noche de Halloween.
Clotilde lanzó puré de calabaza —su “Lágrimas de la Verdad”—, pero el proyectil se deshizo en el aire y cayó como una lluvia naranja sobre el felpudo, donde formó una mancha que, con un poco de imaginación, parecía un corazón roto. ¡Eh! gritó en falsete, no de miedo, sino como quien libera un hechizo acumulado durante años. Peralta, con la tostadora ladeada y una cinta de aluminio colgando como una medalla de derrota, intentó explicarle al adulto-esqueleto que el sistema capitalista ya no permite ese tipo de intercambios simbólicos: “No hay trueque entre nostalgia y dulzura. Solo hay transacciones y deudas emocionales no declaradas”.
El gato, con un maullido que sonó como el cierre de una biblioteca ancestral, declaró la ley marcial… y acto seguido la suspendió por “falta de interés público en la guerra”. Nombró a las palomas su gabinete de guerra, pero les asignó como primera misión “distribuir migas de consuelo bajo la luna llena”.

El adulto-esqueleto, tras recibir un caramelo de 2012 en la frente —el mismo que ¡Eh! había guardado “por si necesitábamos recordar que incluso lo vencido puede servir”—, se quedó inmóvil un instante. Luego, como si el impacto hubiera roto una presa interna, se sentó en el escalón y empezó a llorar. No con sollozos, sino con un silencio húmedo, el tipo de llanto que solo sale cuando ya no queda nadie a quien impresionar. Y eso, pensó Clotilde, era lo más Halloween que había visto en años: no disfraces, no sustos… solo verdad desnuda en el umbral.
—Solo quería sentirme… un poco mágico otra vez —dijo, mirando el caramelo en su palma como si fuera una reliquia de un mundo que ya no existe.
Entonces, algo extraño ocurrió. Todos se callaron. No por protocolo, sino por respeto. Incluso la alarma de calabaza dejó de parpadear y, por primera vez, emitió un sonido cálido: el zumbido de una nevera en una casa vacía, el ruido más cercano a la paz que conocía.
Clotilde fue la primera en moverse. Entró, regresó con una taza de té humeante y la puso en las manos del hombre. No dijo nada. Las palabras ya habían fallado. Peralta recogió el caramelo del suelo, lo limpió con la manga de su traje de tostadora y se lo devolvió: “Caducado, pero comestible. Como todos nosotros”.
¡Eh! sacó un rotulador morado —el mismo que usaba la vecina del quinto— y, con cuidado, dibujó una calabaza sonriente en el aire entre ellos. Pequeña, imperfecta, pero luminosa.
Y el gato, con un suspiro imperial que olía a atún y antigüedad, saltó al escalón, se sento a los pies del hombre y maulló una vez, suave: “Mane, Domine, mane”. (“Quédate, Señor, quédate”).
Nadie supo si era latín, cariño o simple costumbre felina. Pero el hombre se quedó. Y por primera vez en mucho tiempo, nadie sintió que estaba fingiendo.
El día siguiente
Halloween... O NO
Al día siguiente, el barrio despertó como si nada hubiera pasado. Los coches circulaban con la indiferencia de siempre, los perros ladraban a fantasmas de rutina, y los niños iban al colegio con restos de maquillaje en la cara y bolsas de caramelos medio vacías que ya no les sabían a magia, sino a plástico y promesas incumplidas. Nadie hablaba de Halloween, como si temieran que mencionarla la hiciera real… o peor, vulnerable.

Pero en la esquina del fondo —esa que el GPS sigue marcando como “zona de baja esperanza”—, sobre el felpudo de “Los del Fondo” (ahora ligeramente manchado de puré de calabaza y algo que podría ser esperanza o moho), había una calabaza vacía. No era de plástico, ni tallada con prisas. Era real, seca, ligera, como si hubiera entregado todo su interior a cambio de un momento de sentido… el tipo de momento que solo ocurre en Halloween.
Dentro, enrollada como un pergamino de emergencia, había una nota escrita con tinta de café y una letra que parecía hecha por muchas manos a la vez:
“Gracias por no rendiros. No por vencerme —eso es imposible—, sino por permitirme ser algo más que miedo.
Firmado: El Caos.”
Peralta la leyó en voz baja, como si temiera que las palabras se disolvieran en el aire matutino. Luego se la pasó a Clotilde, que la sostuvo como si fuera una receta médica para el alma. Finalmente, ¡Eh! la tomó, la olió (por si acaso), y la guardó en el frasco de caramelos caducados, junto a la esperanza de corta duración.
El gato, desde el alféizar, maulló una vez, en tono de aprobación… o tal vez de despedida. Las palomas ya habían retomado sus discusiones sobre migas, pero una de ellas, la de la pata de plástico, dejó caer una pluma blanca sobre el felpudo. Nadie la recogió. Se quedó allí, moviéndose con la brisa, como una bandera de paz hecha de lo más frágil.
Nadie supo qué había cambiado. El Protocolo seguía bajo el fregadero. El cartero volvió a pasar sin calabaza. El ascensor seguía roto. Pero todos sintieron, por un instante, mientras el sol se alzaba sobre los tejados como si nada supiera de apocalipsis ni de latín felino, que tal vez el mundo no se acababa a las 8:03… sino que simplemente se reiniciaba, una y otra vez, con un poco más de ternura absurda cada vez.
Y eso, para “Los del Fondo”, era más que suficiente.
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