Este relato nació de mis viajes en metro, mientras observaba cómo todos mirábamos nuestros teléfonos como si el mundo real hubiera dejado de existir.
En el último vagón del metro, Alicia aferraba un reloj de bolsillo. No era para saber la hora, sino para controlar los retrasos. Cada vez que alguien llegaba tarde a su vida —un mensaje sin responder, una promesa rota—, la manecilla del reloj avanzaba un minuto.
Alicia y el conejo blanco

El Conejo Blanco había cambiado su chaleco por un uniforme de guardia de seguridad, con las mangas manchadas de café. Bostezaba, mirando las cámaras de seguridad. «Siempre con prisa», reflexionó Alicia mientras el tren se detenía entre estaciones. Otra vez.
Las luces parpadeaban. Las paredes del túnel estaban cubiertas de anuncios viejos, superpuestos como la hora mal despegada. Uno decía: «¿Has visto a mi perro? Se llama Tito». Otro, descolorido: «¡Curso de inglés – Aprovecha!».
Frente a ella, una reina con un abrigo rojo gritaba al teléfono: «¡Despídelo!». Nadie parecía darse cuenta. El vagón estaba lleno de pasajeros, con los ojos pegados a las pantallas, sus rostros reflejados, multiplicados.
Alicia abrió el reloj. Dentro, no había manecillas, solo una puertecita. Dudó. Llegar tarde siempre había sido su mayor miedo. Pero quedarse era peor.
Saltó. Aterrizó en un andén vacío donde los trenes siempre iban con retraso. Un cartel oxidado decía: País de las Maravillas — Próxima llegada: cuando dejes de mirar el reloj.
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Genial, Luis. Qué bonita relectura de Alicia en el metro, con el conejo guardia de seguridad y ese reloj sin manecillas. Me ha gustado mucho cómo plasmas la desconexión social y la hiperconexión tecnológica con el móvil y el reloj. Enhorabuena.
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Buenísimo y con un gran mensaje. Te felicito.
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